25 de Octubre del 2026.
Me acoste a las 8:00pm. Me levanté a las 11:00pm a escribir esto y elegí montarlo aquí sin filtro.
“No puedo sentarme en mi propia mesa si sigo esperando a que mi mamá me dé la silla”. Fue la frase que me repetí en la ducha por mucho tiempo. Mi mamá me duele como nada más me ha dolido. Porque no la tengo. Porque sin ella me siento sola. Y porque, en realidad, creo que jamás la tuve; solo la imaginé.
Un día le pedí su plancha prestada y me dijo que a Óscar (su esposo) no le gustaba que la usara. A Óscar no le gustaba que la usara porque yo «no era buena». Él me ponía condiciones para poder darme «privilegios». Por ejemplo, cuando iban a viajar, él empezaba a chantajearme con que, si yo me dejaba hacer lo que él quería, entonces me llevarían al viaje. Jamás me dejé; siempre hubo resistencia, así que nunca fui a ninguno de los viajes familiares. Iba todo el mundo: mi abuela, los suegros de mi mamá, su cuñada, mis hermanos, hasta el perro. Yo no; a mí me tocaba quedarme en la casa con la empleada y verlos regresar cargados de compras y con historias de un viaje para el que no me gané el tiquete.
Mis cucos siempre estaban rotos porque nadie preguntaba si necesitaba comprar. Y Óscar se burlaba de mí cuando los veía colgados en el patio. De mi ropa me decía: «Usted parece una foto. ¿No quiere que le compre ropa?». Jamás accedí.
Viví en una casa linda, con muchas comodidades económicas que solo pasaban frente a mi vista porque nunca fueron mías, porque nunca me las gané.
Mi mamá lo sabía. Así que ella me daba algunas cosas, pero siempre a escondidas, y le decíamos a él que mi abuela me las había regalado.
Aunque, sí hubo una vez en la que me dieron un regalo caro entre los dos. Fue en una Navidad. Yo tenía 12 o 14 años (tengo esa edad confundida). Eran las 4 de la tarde y estaba sola en la casa. Me metí a bañar para empezar a alistarme para la noche, ya que la cena de Navidad sería en nuestra casa y, como la empleada estaba de vacaciones, pues me tocaba a mí estar pendiente de muchas cosas. Estaba en la ducha muy tranquila y segura de que estaba sola. De repente me abren la puerta; era Óscar. Fue muy violento. Él jamás era violento, porque todas las veces todo pasaba en la noche mientras todos dormían; así que siempre era silencioso y me hablaba calmado. Pero ese día no. Ese día fue lo más horrible que jamás me tocó pasar. Casi no logro quitármelo de encima. Se puso tan violento que tuve que decirle: «Sí, va a pasar, pero ahorita no». Era mentira; solo tuve que amansarlo para que me soltara. Cuando regresé al baño —porque ese día me alzó en la ducha y me arrastró hasta su habitación—, empecé a hacerme daño dentro de mi con el mango de un cepillo de pelo mientras me repetía:«Voy a dañarme por dentro para que a él no le guste más». Sangré y me dolía mucho; tuve que parar. Cuando sentí que él se fue de la casa a recoger a mi mamá y a mis hermanos que estaban en el centro comercial, empecé a llorar desesperada. No sabía qué hacer. Estaba con mucho dolor en mi cuerpo y en mi alma. Me dije: «Esto tiene que parar, no puede seguir pasando».
Cuando mi mamá llegó, de inmediato me metí a su habitación a contarle. Él entró a los pocos minutos y lo negó todo.Empezamos a pelear él y yo, y mi mamá me dice: «Sandy Julieth, sálgase de la habitación». Me salí y me quedé afuera esperando a que ella saliera a decirme algo. Jamás salió; después escuché que su ducha se prendió, y él salió de la habitación, salió de la casa, se fue. Pensé: «¿Será que lo echó?».
No lo echó… Regresó a la casa con una caja; yo lo vi entrar entre las cortinas de mi habitación. No salí de ahí, no quise ayudar en la cena. Solo salí cuando empezó a llegar el resto de la familia. No sabía qué hacer, qué decir, y estaba con mucho dolor. Cuando llegó la hora de abrir los regalos, casi no lo puedo creer. Se sintió muy extraño: había una caja para mí. A mí siempre me regalaban una camisa mal envuelta o un perfume barato; ese día la caja tenía un envoltorio bonito. Cuando la abrí, era un celular.
El silencio, ha sido lo más brutalmente marcado que ha habido en mí. Llevo cuatro meses «juiciosa» intentando crear contenido para la marca personal que estoy creando. He escrito muchos guiones, grabado varios videos, creado una serie de contenido que, tan pronto hago una publicación, mi cuerpo se paraliza, mis caderas me duelen mucho, la garganta se me pone súper rígida y, seguido de eso, empiezo a pasar unos días de pánico que no me permiten seguir publicando. A veces me creo que se trata de ese bloqueo creativo del que todos los creadores de contenido hablan cuando deciden empezar. Pero lo que le pasa a mi cuerpo, estos síntomas asquerosos; están empezando a hacerme pensar que lo que me pasa a mi es un poco diferente.
Cuando mi cuerpo se pone así al publicar mi contenido, pienso en mi mamá, en su trabajo, en su reputación, y me digo: «¿Por qué tienes que ser así de intensa? Ya supera esa mierda». Y me culpo mucho, y procrastino continuar subiendo el contenido que ya he creado. Y a los pocos dias lo borro, elimino todo porque me siento muy intensa y muy profunda y muy dramática.
Yo soy muy estructurada; creo estrategias, creo planes, proyecciones. En mis archivos hay tanta estructura y tanta planeación. Y entonces me quedo enganchada creando cualquier cosa, pero no publico mis estrategias ni mis proyectos. Me siento culpable, aterrada y sola.
Hace cinco meses, mi expareja me hizo pasar por el momento más aterrador de nuestra relación. Quedé paralizada. Duré las siguientes dos semanas con un temblor constante en el cuerpo, con el nudo más asqueroso en mi garganta y comiendo muchísimo para «calmarme». Subí casi 7 kilos en dos semanas. Seguía durmiendo con él aunque me aterraba estarlo haciendo. Ya sabía que se había acabado, pero no lograba procesarlo; yestaba en shock.
Pero me di cuenta de que una luz se filtró en mi patrón de silencio. Porque un día que estábamos en casa de sus papás, en medio de mi crisis y de mi parálisis, abrí la boca para contarle a mi exsuegra lo que su hijo me había hecho. Abrí la boca, mencioné la primera sílaba, pero mi exsuegro llegó y empezó a decir cosas, y entonces ya yo no pude hablar.
Pero la intención estaba entera. La acción prácticamente la ejecuté, o así lo sentí yo. Y a la mañana siguiente tuve que decirle: «Lo siento, no puedo con esto. Se acabó». A partir de ahí he venido sintiendo que mi era de guardar silencio frente al daño, se acabó.
Aun así, es diferente ir a contarle a una única persona (mi suegra) una cosa que su hijo me hizo, y otra cosa es salir a decir que durante una década fui abusada por un hombre, y que cuando rompí el silencio, entonces me silenciaron aún más con un "regalo".
Me acordé de algo: de que cuando yo «perdí» mi virginidad con un novio del colegio, él me culpó de que yo no era virgen porque no había sangrado. Así es, Sneider, no lo era, aunque en su momento le juraba y le juraba que sí lo era.
¿Que cómo he vivido mi vida con esta historia que pasé? No lo sé. Muchos días solo siento que sobrevivo. En diciembre de 2024 entré en completo colapso y estaba segura de que no iba a lograr llegar a mis 31 años. Pero entonces me di una última oportunidad. Me dije: Nunca he probado la psiquiatría ni la medicina. Voy a hacerlo. Voy a ir al psiquiatra como mi último recurso. Hago esto por mí, y si no funciona, ya no podré seguir, porque lo que le pasa a mi cuerpo, a mi mente y a mi corazón es horrible, es aterrador. Y no merezco seguir viviendo si esta va a ser mi vida por siempre, no merezco seguir pasando por esto.
¿Pero sabes qué? Sigo pasando por esto. La medicina no me ha quitado ni por un día mis dolores de mierda. Lo que sí ha hecho es que me ha levantado de la cama cada mañana sin falta. Me ha hecho bañarme, ponerme crema en el cuerpo, skincare, ponerme ropa bonita, maquillarme y salir a tomar el sol cada día. Yo hoy ya no concibo un día sin salir a tomar el sol; antes eso no me pasaba. Antes yo podía pasarme hasta las 4:00pm en pijama y sin salir de casa. Me bañaba para acabar el día y para alistarme para dormir.
Eso ha hecho la medicina conmigo: sacarme de casa, y siento que por eso sigo viva. Pero en días como ahorita mismo, días en los que tengo la fe perdida en mi recuperación, cuestiono si en realidad la medicina ha servido para algo.
Yo jamás he querido caer en un papel de víctima. Siento que siempre he intentado a toda costa dar una buena cara y no darle lástima a nadie. No tengo ni idea de si lo he logrado, pero juro que lo he intentado mucho.
Pero hoy quiero decirle esto a mamá: me dañaste la puta vida. Y sí, soy una inmadura que no supera el pasado. Pero ¿cómo supero el pasado si las consecuencias de mi pasado me tienen aquí? En esta puta orfandad. Si no tengo a absolutamente nadie con quien contar. Si estoy viviendo en un Airbnb porque me separe hace cinco meses y no tengo a donde mas ir.
Mi expareja me sostenía como nada; no existía nadie más preocupado por la recuperación de mi alma y de mi cuerpo que él. Me pagaba cada terapia, cada tratamiento y cada lugar al que yo elegía ir a buscar ayuda; en el presupuesto de cada mes no había nada más prioritario que mis terapias. Pero él también me dañaba y también me obligaba a guardar un silencio que me estaba apagando el alma. Por eso lo deje, y ha sido lo mas difícil que jamas he hecho porque era la única persona con la que conté durante mis últimos nueve años.
Aun así, en medio de esta soledad que me daña. Si he sentido una gran diferencia desde que no volví a verlo. Mi energía es diferente, y mi alma está más encendida. Hoy siento mucho fuego dentro de mí. Hoy siento que la vida la veo muy diferente. Aun así, en días como hoy pierdo toda la fe en mi recuperación y tiemblo entera porque me tengo miedo.
Sí, mamá, me has jodido la puta vida. Espero que al menos una de las dos sí pueda dormir tranquila. Deseo mucho que, aunque seas tú quien sigue viviendo bajo el mismo techo con ese hombre, mi dolor esté siendo suficientemente enorme como para que tú no sientas nada de dolor por lo que pasó. Deseo mucho que no estemos las dos viviendo esta mierda. Porque si es así, quiero que Dios me permita soñar con que lo dejas a él y que esta vez, me eliges a mí

