¿ESCRIBIR PARA QUÉ?
A este proyecto lo impulsa la escritura, así que empecemos por lo primero. Aunque, antes de haber encontrado refugio en las letras, lo encontré en los podcasts. Ahí empece a encontrar respuestas, puntos de vista, visión de vida y una grandísima voz de: no estas sola en esto. Episodio tras episodio llegué hasta aquí, al momento de visualizarme viendo edificado lo que hoy, construyo tras este teclado. Esta visualización es un gran tejido de experiencias, momentos profundos e infinitas ideas que fui atando historia tras historia, podcast tras podcast y escrito tras escrito.
¿Son los podcasts hoy, una herramienta de autoconocimiento en la que podemos encontrar esa respuesta que ni siquiera nos hemos atrevido a hacernos?
Ya lo veremos…
Tuve que prepararme una michelada y tomarla casi de golpe para sentarme a escribir esto que estás a punto de leer.
Aquí vamos.
Preguntas sin respuesta
Me sentía perdida, ¿por qué?
Ningún lugar me hacía sentir bien, ¿por qué?
No encontraba mi propósito, ¿por qué?
No sabía nada, no me entendía ni un poco.
Ya te conté que estaba pasando por una etapa muy difícil de mi vida, ¿verdad? Esa etapa que me llenaba de dudas sobre mí misma y me tenía replanteándomelo todo. Este momento crítico me empujó a buscar respuestas sobre lo que me estaba ocurriendo. Sentía que solo tenía dos opciones: intentar entender por qué estaba tan decepcionada de mí misma o volverme loca con ese sentimiento de desgracia tan profundo.
El dolor como impulso para escribir
Esta etapa de dolor e insatisfacción personal creció mucho en junio del año pasado, pero en agosto se intensificó con una gran pérdida. La pérdida de lo único que parecía estar bien en mi vida.
Hace más de siete años que tengo un novio, Santiago. Este hombre se convirtió en mi base, en mi canal de apoyo más profundo, en mi vínculo más sagrado. Desde que lo conozco, me hice un libro abierto, era como si por fin hubiera llegado en quien reposar todos mis miedos y vergüenzas. Creamos una gran puerta que nos conectaba en cada conversación. Una vez nos conocimos, no conseguimos volver a estar el uno sin el otro. Yo siempre me he sentido perdida de mí misma, pero en él, me encontraba muy resuelta.
En agosto del año pasado, tras un profundo golpe que nos dejó devastados, terminamos. Se cayó mi base, mi canal de apoyo. ¿Ahora con quién hablaría de mí, de él, del mundo? Para mi sorpresa, a pesar del infinito dolor que sentí al perderlo, yo estaba en una etapa de mucho movimiento, sin espacio para quedarme tendida en la cama lamentándome por la ruptura. No. Yo estaba en un camino de búsqueda personal, y él, que siempre estuvo allí ayudándome a encontrar mis pistas, no desaparecería en medio de ese gran trayecto que a medias luces parpadeaba. Así que, en lugar de cerrar la puerta del diálogo que habíamos creado juntos, me abrí una puerta mucho más grande. Creé un archivo en mi computadora llamado “Santiago” y comencé a escribírselo todo.
Descubrirme en la escritura
No estaba dispuesta a cerrar ese vínculo. Me sentía más necesitada que nunca de expresarle lo que pensaba y sentía sobre lo que nos estaba pasando y tantas otras cosas.
Antes de eso, yo no escribía ni un poco, pero desde entonces no pude parar.
Me obsesioné con "Santiago", ese archivo en mi computadora. Le escribía por la mañana, por la noche. A veces, en el trabajo, escribía algún texto corto sobre algo que quería contarle, y al llegar a casa, abría esa gran puerta y me despalmaba escribiendo sobre ese tema. Habíamos roto, él se había vuelto a Colombia y me había dejado sola en Australia, con el alma rota, pero no me dejó sin palabras. No me dejó sin cosas por contarle, porque yo seguía contándoselo TODO.
En algún punto, me di cuenta de que amaba escribir. No quería parar de hacerlo. Me encantaba regresar a casa, encender una luz roja que había comprado, servirme queso con vino, poner música de Caterina Barbieri y escribir. Poco después, un sentimiento muy profundo apareció: Yo debí ser escritora. Pero mi amiga, la autosaboteadora, apareció rápidamente para decirme: ¿Por unas cuantas páginas ya crees tener otra carrera? ¿Y lo de chef, qué?
—Es cierto, soy chef y amo cocinar—, me convencí.
¿Por qué escribir? No lo sabia. Nunca antes me había interesado la escritura, nunca había escrito siquiera un párrafo. ¿Acaso esto era una crisis de los 30? Y si lo era, ¿cuánto tiempo duraría este papel de "escritora"? ¿Cuánto me tomaría encontrarme en las letras? Y, sobre todo, ¿realmente podría encontrarme en ellas?
No lo sabía
El podcast que lo cambio todo
Un día, en medio de mi jornada laboral, mientras escuchaba mis interminables podcasts, llegó: EL PODCAST DE MI VIDA, (en ese momento). Lety, Ash y Lizi, hablan en el episodio #337 (escuchalo aqui) de Se Regalan Dudas, sobre el miedo, la vergüenza y como tu cuerpo tiene síntomas frente a esas emociones. Yo me voy de inmediato a cuando tenia 14 años y me moría de vergüenza por casi cualquier cosa. No tenia amigos en el colegio, ni en ningún lado. Me daba mucha pena incomodar, así que me convertí en una niña invisible. Llevo toda mi vida ocultando muchos motivos que me hicieron ser como fui a mis 14 años. Lety en un momento del episodio dice: “la vergüenza es esta sombra que quiero esconder, que me impide disfrutar mi vida y mis relaciones. Y, la única manera en que esa sombra pierde poder, es si le doy luz.”
Ahí, empiezo a recordar lo equivocada que estaba. Y es que yo, SÍ había escrito antes. Las páginas en mi archivo “Santiago” no estaban siendo las primeras.
La historia olvidada
Cuando tenía 14 años, me enviaron a estudiar a un internado lejos de casa. En ese colegio, tenía una profesora de español muy entusiasta. En cada clase, luchaba por transmitirnos un poco de su esperanza. Yo, en cambio, me sentía asqueada por su entusiasmo. Nos tenía tanta fe, insistía en que éramos un grupo con un “gran potencial”. Un día, nos puso a escribir para un concurso de la Feria Internacional del Libro en Bogotá, dirigido a niños escritores. Yo fui la más escéptica sobre inventarme un cuento. Pero debía hacerlo para la clase.
Mi imaginación era amplia. Recuerdo que pensaba mucho en Einstein. En mi clase de física hablábamos mucho de él, y por algún motivo, lo tenía constantemente en mi cabeza. Imaginaba que Einstein había estudiado en ese colegio y que había dejado regado su espíritu de inteligencia por todo el lugar. Me creí esa fantasía, convencida de que ese espíritu me ayudaría a escribir el mejor cuento, para ganar el concurso y así conseguir el viaje que le seria dado a los ganadores. En realidad, solo buscaba irme de ahí.
Mis 14 años fueron una de mis etapas más oscuras y lo recuerdo todo con gran detalle.
Me recuerdo sola en cada recreo, yendo al área de las parejas, ese rincón del colegio lejos de la vista de los profesores. Yo me camuflaba entre las parejas, aunque estaba completamente sola. Un día, decidí que no entraría a la clase de español. No había escrito ni una palabra del cuento y me daba mucha culpa recordar la emoción con la que la profesora nos invitaba a escribir. Decidí no entrar para no tener que enfrentar la vergüenza de decirle que no tenía nada. Pero, por algún motivo, mientras me escapaba de clase, sentada detrás de los laboratorios de química y con vista a una sabana que rodeaba parte del colegio, empecé a escribir. Cuando terminé mi cuento y lo leí, sentí terror. Mi estómago se revolvía, y el pecho me ardía. ¿Qué acababa de hacer? ¿Por qué escribí eso? —Estúpida, soy una estúpida,— me dije.
Sabía que no podría mostrarle ese cuento a mi profesora. Aunque por un momento, pensé: Quizá si lo lee, me ayudaría. Pero rápidamente me detuve: ¿Ayuda de qué? Si todo está bien.
Nunca le presenté mi cuento. Le cogí terror a escribir. No quería volver a esa clase. La semana siguiente decidí que no volvería a estar en ese colegio, ni en ninguna parte del mundo. Así que, a los 14 años, sintiéndome aterrada e invadida por el miedo, decidí dejar de existir. Lo intenté. Para mi desgracia, no funcionó, y terminé protagonizando un intento de suicidio en ese internado. La niña invisible se volvió visible; estuve en boca de todos.
Pero, para mi fortuna, me sacaron de ese lugar y me regresaron a casa.
Y, para mi fortuna también, hoy continúo aquí.
Mi lucidez hacia la escritura
Había olvidado por completo el episodio de haber escrito ese cuento. Hasta que escuché ese podcast, EL PODCAST DE MI VIDA, (en su momento). Lety con sus palabras me hizo ver esa luz. La luz que cuando tenia 14 años prendí al escribir ese cuento.
Ese episodio #337, me trajo un sentimiento de tanta de claridad, aunque también de confusión. Regresé a casa, me puse a escribir, a escarbar en mis memorias. Y al final me pregunté: ¿Por qué ahora me siento tan lúcida con la idea de ser escritora?
Encontrarse en una historia
Así que sí, en un podcast puedes encontrar la respuesta a esa pregunta que aun no te atreves a hacerte. Aunque, no solo en una, sino en una serie de episodios que te van ayudando a tejerte, a encontrarte de a pocos.
Yo me he encontrado en ese podcast, en muchos, en una historia, en todas.
De la vergüenza a la luz
Ahora hoy, estoy convirtiendo el cuento de esa niña de 14 años, en libro. Un libro con la misma historia. Esa historia que continúa sacudiendome entera y llenándome de terror, un terror que me revuelca el estómago al punto de hacerme pasar por extensos días de diarrea nerviosa. Pero, ya no tengo 14 años.
Pienso que, cuando algo te conmueve tanto el alma que puede provocarte diarreas nerviosas e inundarte el pecho, es ahí es donde puedes empezar a navegarte, a encontrarte. Es ahí donde nos forjamos.
Julieth Cuervo
P.D.: Santiago y yo volvimos después de seis meses.
Hace casi 3 semanas empece mi segundo articulo, estaba lindo, hice bastante investigación. Pero, estaba pasando por unos días de mucha angustia por un evento que tuve ayer y que no me permitió disfrutarme escribir estas semanas. En un punto me tenia aburrida el articulo, se sentía forzado sentarme a escribirlo.
Anoche, después de haber salido de ese evento que me tenia tan angustiada. Llegue a casa y de repente empece a escribir esto que acabas de leer hoy. Este articulo lejos de aburrirme, me fluyo, amé escribirlo. Aun así, estoy segura de que hay algunos errores porque no tuve tanto tiempo de ser detallista editando.
Me disculpo.
Y te agradezco por haber llegado hasta aquí.

