EL CAMINO ES HACIA ATRÁS
Siempre imaginé que la vida era como un río que solo sabía avanzar. Una corriente firme y constante, de esas que no preguntan, que arrastran. Me empeñé en avanzar. En construir una vida que no mirara hacia atrás. Aprendí a creer que solo se sobrevive si se empuja hacia adelante. Y yo empujé. Pero pronto me di cuenta de que mi río no se movía así. Que mi vida parecía fluir hacia otro lado: más incierta, más errática, más profunda. Y durante años, por no fluir como todos, viví esto como una derrota. Como si en mí se hubiera instalado el defecto del cauce estancado.
A los 19 creí tener el rumbo claro: la universidad, la ilusión de una estructura. Sentía que por fin estaba navegando con dirección, que nada podría estancar ese flujo. Pero a los 21 abandoné la carrera, y con ella, el lugar en el que me enseñaron a pertenecer. No fue una decisión que meditara por meses. Fue una necesidad urgente de escape. Me lancé a navegar en lo desconocido, decidida a crear mi propio cauce.
Lo que vino después fue mucha soledad. Porque cuando te descarrilas del flujo por el que todos van, así es como quedas: sola. Pero por dentro tenía una convicción que me hacía seguir sin mirar atrás. Empecé a estudiar cocina, quizá para sentir que tenía algo entre las manos, algo que dependía de mí. Pero cuando apenas empezaba a sostenerme, llegó un embarazo inesperado —y meses después, su pérdida—. Pasé tres días internada en una clínica por un aborto retenido que necesitaba ser atendido. Esa noche, en medio del dolor y con la poca fuerza que me quedaba, invoqué a mis abuelas y a mis madres. Les pedí que me sostuvieran, que me llenaran de su fuerza. Pero no funcionó. Porque si bien nací de ellas, jamás he tenido en su linaje un lugar en el que descansar.
Él estuvo ahí. Rondando la clínica, pendiente de mí. Pero no supo cómo sostenerme en medio de su propio duelo. Y yo tampoco supe cómo pedirlo. Entonces entendí que tendría que parirme a mí misma. Levantarme sin respaldo, sacarme del fondo con lo poco que tenía. No por valentía, sino por pura orfandad.
Al salir de la clínica, arrastrando un cuerpo débil y un alma aún más cansada, sentí que me hundía en un remolino oscuro y sin orillas a las que aferrarme. Sentía cómo la corriente me jalaba hacia atrás. Me devolvía a un remanso que no quería mirar.
Me llevó meses salir del fondo y, aunque lo logré, nunca volví a ser la misma.
A los 23 llegó el amor. Una relación tranquila que me hizo pensar que podía volver a intentarlo. Pero ya no era tan sencillo. Mi evento anterior había abierto la puerta a un dolor nuevo, y ese dolor se volvió parte de mi forma de habitar el mundo. Pese a ello, mi relación consiguió asentarse; acabé de estudiar cocina y me refugié en las masas. Las cuidaba como a hijos y las horneaba con un detalle de tiempo y fermentación precisos. Era mi pequeño islote en medio de la corriente. Aun así, la depresión continuaba rondando mi vida y mi cocina.
A los 26, cuando empecé a sentir que mis pensamientos y emociones me hundían en las aguas oscuras de mi caudal, busqué ayuda. Empezar terapia me confrontó. Porque justo eso que había evitado durante años —mi pasado— era lo que mi terapeuta necesitaba conocer a detalle para empezar a entender el origen de mi dolor. Después de unas sesiones, supimos qué era lo que necesitaba trabajar. Y entonces me llené de pánico. Empezó a llegarme la certeza de lo que me pasó. Y es que, cuando creces normalizando un hecho —aunque sea doloroso— terminas por restarle importancia. Así que reconocerme en ese escenario ha sido, quizá, una de las cosas que más me ha costado aceptar de mí.
A los 28, agotada de escarbar en el pasado, de cargar con el recuerdo constante de algo en lo que antes ni siquiera pensaba, me agobié. Y regresé a lo que mejor sabía hacer: enfocarme en el ahora, en darle alguna dirección a mi vida. Tomé la decisión más drástica: mudarme al otro lado del mundo. Lo hice convencida de que esta vez, por fin, el río me llevaría hacia adelante. Me llené de entusiasmo, de fuerza, de ese mismo empuje con el que había intentado salvarme tantas veces. Dejé atrás el trabajo terapéutico y le abrí paso al futuro. Pero cuando llegué a Australia, bastaron unos pocos meses para encontrarme sumergida en llanto, miedo y pensamientos que empezaron a poner en duda mis ganas de seguir. Por “fortuna”, debía trabajar tanto que la mayor parte del tiempo me mantenía distraída de mi realidad. Hasta que empecé a sentirme extranjera. No solo en el país, sino también extranjera de mi propio cuerpo. Entonces entendí que cambiar de orilla no significa dejar de ser parte del mismo río.
Seis meses después, el 31 de diciembre —mi cumpleaños— llegó como siempre: brillante, festivo, rotundo. Viajé a Sídney a celebrarlo, viendo los fuegos artificiales sobre el Harbour Bridge, rodeada de una belleza que parecía prestada. Algo en ese momento se sintió profundamente verdadero. Lloré. No de tristeza, sino de comprensión. Debajo de ese puente fue como si, por fin, algo se hubiera ajustado dentro de mí. Y es que ese caudal que me arrastraba río arriba me pidió que me dejara llevar, que me devolviera con él, que lo mirara de frente y que me permitiera entender. Y esa madrugada, por primera vez, elegí abrirle la puerta grande al pasado y dejar que me mostrara lo que necesitaba ver.
Cuando inicié este proceso extensísimo de reconciliarme con mi pasado, el dolor empezó a tomar mucha fuerza. Sentí que todo lo que había evitado durante años se había acumulado en silencio. Por las noches, empecé a experimentar ataques de pánico que me hacían revivir aquello que me rompió desde niña. Era como si esa niña herida me hubiera estado esperando en algún recodo del camino, para mostrarme estas partes de mí que seguían sin ser atendidas. Desde ahí, empecé a entender que el agua no me devolvía por castigo, sino por amor. Porque allá, en esos lugares a los que me resistía volver, estaban las respuestas que necesitaba: las partes de mí que había dejado atrás sin saberlo, las voces, los miedos, los duelos. Todo eso que seguía vivo pero sin espacio. Desde entonces, supe que evitar ver mi pasado nunca fue estrategia; todo lo contrario, fue un engaño. Porque lo que parecía un retroceso fue, en realidad, la única manera de reencontrarme conmigo.
Hoy, a mis 31 años, que ya estoy de regreso en mi país, mi origen se ha estado convirtiendo en otra cosa. Hoy voy al pasado como observadora, como alguien que se ve para entenderse. Con ojos compasivos. Ahora mi pasado no me atormenta, porque ha sido ese pasado, el que me ha formado. Porque el río que me devuelve es también el río que me construye. Y si necesito regresar cuantas veces sean necesarias, lo haré sabiendo que aún hay partes de mí que debo entender y recuperar. Porque cada regreso es una forma de recogerme. De curarme. De seguir.
💭 ¿Y tú?
¿En qué parte de tu río sientes que la vida te está invitando a regresar?

