UN ACTO SALVAJE LLENO DE FE.

REFLEXIONES DESDE “LAS MUJERES QUE CORREN CON LOBOS”

Hay libros que no solo se leen, se encarnan. Libros que te lavan los ojos, te sacuden los huesos, te cambian la manera de barrer el piso o de doblar una sábana. Para mí, Las mujeres que corren con lobos ha sido uno de esos. Uno que no solo me ha hecho pensar, sino hacer. Porque leer a Clarissa Pinkola Estés es como sentarse junto a una anciana sabia a escuchar los secretos del alma femenina, mientras una parte de ti –la más dormida– empieza a despertar.

Desde que lo empecé, he sentido que algo dentro de mí se organiza. No con premura, sino con propósito. Ella escribe:

“La mujer sabia mantiene ordenado su ambiente psíquico… Aprende a clasificar, remendar y renovar la psique instintiva por medio de una purificatio, un lavado o purificación de las fibras del ser.”

Esa idea se me quedó adentro, y ahora, cuando trapeo el suelo, cuando cocino algo con calma, cuando me hago una infusión de hierbas antes de dormir, lo hago como si estuviera limpiando más que el espacio. Estoy limpiando partes de mí.

Y la prueba más vívida de eso me llegó hace apenas unos días. Fue una noche salvaje. A las 12:14 de la madrugada me desperté sin razón aparente. No podía dormir. Tenía pensamientos intrusivos. Así que me levanté y fui al estudio, buscando que la escritura me ayudara a calmarme. De repente, empecé a escribir sobre los cristales que tenía olvidados por ahí. Y entonces algo dentro de mí susurró: es momento de limpiarlos y ponerles intención. Le pedí a Google una guía sobre cómo hacerlo, y encontré que el humo de palo santo o salvia era una de las formas más comunes.

Ahí, ocurrió la magia: yo ya tenía todo eso. Desde hacía meses, incluso años, me había venido llenando de palo santo, salvia con lavanda, ámbar, sahumerios... cosas que había guardado sin entender muy bien para qué. Esa noche revolqué el armario donde estaban y, sin pensarlo mucho, comencé el ritual según como Google me indicaba.

Estuve despierta hasta las 4:30 a. m., limpiando uno por uno mis cristales, impregnándolos de intención, de deseo, de propósito. Algunos eran nuevos, los había comprado la semana anterior. Otros llevaban tanto tiempo conmigo que ya se habían vuelto parte del paisaje. Como si una parte de mí –una muy antigua, una muy sabia– hubiese venido reuniendo, sin saberlo, los materiales para esa madrugada.

Fue un acto intuitivo, visceral. Como si mi yo salvaje me dijera: levántate, es hora. Y yo obedecí. Los limpié. Los nombré. Los convertí en aliados.

Esa noche entendí que esta búsqueda espiritual no es nueva. Que lleva tiempo queriendo alcanzarme. Y que ahora, con este libro en las manos, finalmente está empezando a encontrarme.

Durante los últimos meses, especialmente en medio de mi depresión y del proceso que he venido atravesando con mi psiquiatra, he descubierto que el cuidado –el propio y el del entorno– no es una obligación aburrida, sino un acto de poder. Y más aún, de transformación. Porque cuando soy yo quien decide con qué limpio mi casa, con qué alimento mi cuerpo, con qué energía me rodeo, estoy diciéndome: esto me importa, yo me importo.

Así que, he empezado a usar cristales, velas, esencias… no como adornos místicos sino como recordatorios de mi intención. De que puedo habitar este dolor con belleza. De que aunque no todo esté resuelto, hay cosas que sí puedo cuidar. Como mis plantas. Como mis mascotas. Como mi paz.

Hoy tengo una vela y un cristal que reservo solo para cuando hago limpieza. No del polvo, sino del alma. Cuando ordeno mi casa con intención, los enciendo y me siento protegida. Como si el ritual volviera sagrado lo simple. Como si cada objeto estuviera siendo testigo del cambio, de la entrega, del deseo de empezar otra vez.

También he intencionado cristales y velas para cuando me ejercito, para mis meditaciones, para cuando cocino… para cuando hago cosas cotidianas que hoy, elijo vivir con conciencia.

Porque cuando el alma amanece doliendo tanto, tanto… no hay mejor medicina que recordarle que cada acto, por mínimo que sea, tiene sentido. Tiene propósito. Y necesita ser cumplido.

Mi casa, ya no es solo el lugar que habito. Es mi templo. Y no porque lo diga Pinterest, sino porque lo estoy volviendo sagrado con acciones que antes me parecían insignificantes. Porque mi niña merece esta forma de cuidado –aunque sea mínima–. Y esta es una de mis muchas maneras de decirme: no te he olvidado, aquí estoy, volviendo a ti. Limpiando nuestro umbral con dignidad.

Hoy, mientras termino de escribir estas líneas, suena música suave y mis cristales descansan en la ventana. Afuera hay ruido, adentro hay silencio. A veces es al revés. Pero lo que he entendido –y en parte gracias a este libro que tanto me está tocando– es que las mujeres transformamos. Ya sea con la escoba, con el fuego de una vela o con una taza caliente entre las manos. Y que hacer de cada acto cotidiano una ofrenda, puede ser la forma más honesta que tengo hoy de seguir viva.

Julieth

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