EL SONIDO DE MI SILENCIO
A veces, cuando tiendo la ropa, cuando me estoy maquillando, o cuando el agua de la ducha me cae en la espalda y la mente me queda libre…
hago un ruido.
No es una palabra.
Es más bien como un grito melódico.
Es incluso explosivo, una nota alta y tensa que se escapa de mi garganta sin permiso.
Como si algo dentro de mí se quebrara y quisiera romper el aire y el silencio del espacio.
Esto me pasa después de recordar que, una vez, dije en voz alta, frente a otros, que tengo depresión.
Cuando recuerdo ese momento, me lleno de vergüenza y culpa.
Así que mi cuerpo, de la manera más sabia, me saca de ese pensamiento vergonzoso: “gritando”.
Mi grito melódico no es más que mi vergüenza rompiéndose en sonido.
Así es: estoy llena de vergüenza por haberme declarado depresiva frente al mundo.
Después de aquella confesión pública —cuando subí ese video a Instagram, hace casi un año— me abrazaron muchos mensajes bonitos, de apoyo, de empatía.
Amigos que me decían: “Gracias por decirlo”, “Yo también”, “No estás sola”.
Y fue cierto: me sentí menos sola… por un momento.
Porque justo después vino ella;
la voz de la propia depresión tirándome del cuello y diciéndome:
“Cállate. Tú y yo estamos solas en esto.”
Y yo, le compré el regaño, le creí.
Me callé.
Me escondí.
Me llené de vergüenza por haber mostrado algo que, aunque real, se sintió como una traición a lo que otros esperan de mí.
Y es que nunca va a ser fácil decirle a tu familia:
“Sí, mientras ustedes me criaban, yo solo pensaba en matarme.”
Así que, desde entonces, me convertí en la débil.
La que no supera.
La que quiere avergonzar y culpar a otros por lo que le pasa.
En realidad, no sé si esto se trata de encontrar un verdugo y una víctima.
Solo… los hechos fueron lo que fueron.
Y de esta manera ha sido como me he movido por la vida:
con un gran hueco en la mitad del pecho que no me permite sentirme suficiente con el hecho de que hoy, estoy a salvo.
Este hueco me habla, quiere ser escuchado.
Y me dice: “Estoy aquí por algo. Mírame.”
Y entonces de eso se ha tratado este proyecto de vida en el que llevo trabajando ya más de un año.
De eso se ha tratado mi libro: de escuchar mi dolor, de darle forma, de ponerle palabras.
Hoy, entiendo que he venido aquí a liberar.
A soltar.
Y si algo he aprendido en este proceso, es que cuando liberas: expones, das rienda suelta, muestras.
El silencio no es liberar.Por eso no puedo simplemente seguir en silencio.
Porque sería ir en contra de mí.
Sería continuar alimentando este gran hueco en medio del pecho que no me permite caminar erguida.
También es cierto que romper un patrón de silencio de toda una vida no es, ni será, lineal.
Justo por eso, fue que luego de haber hecho esa confesión pública que me llenó de vergüenza, regresé al silencio y he estado trabajando desde el silencio.
Y es que sí, ya llevo muchos meses sin darle importancia a esta parte de mi proyecto de vida.
A esta parte que es, justamente, la de la exposición.
Y sé que ha sido por miedo.
Miedo a ese gesto que notas en los demás cuando te miran sabiendo que estás rota,
y que te hace sentir más pequeña de lo que ya te sientes.
Porque solo basta una frase tibia, una mirada incómoda, una respuesta evitante, para que la duda se cuele:
“¿Habré dicho demasiado?”
Así fue como, otra vez, el silencio se me instaló en la garganta,
y la vergüenza se volvió ese canto raro que sale cuando estoy sola, cuando no me vigilo, cuando bajo la guardia.
Es mi cuerpo recordándome lo que aún me duele admitir:
que batallo con una enfermedad mental.
Que he perdido días, semanas, meses de mi vida a causa de ella.
Que no siempre soy fuerte.
Que no siempre puedo.
Y justo por este reconocimiento —el de no ser fuerte, el de no poder— fue que hace unos meses busqué la psiquiatría.
Me ha costado muchísimo aceptar que ahora mi vacío se siente un poco menos incapacitante gracias a una pastilla que debo tomar cada noche.
Aceptar que la medicina me está ayudando ha sido uno de los tragos más difíciles.
Porque hay algo en mí que aún confunde la ayuda con la derrota.
Esta etapa, la de medicarme, ha sido de las más complejas que he vivido.
Un motivo más por el que me he mantenido alejadísima de la exposición.
De más vergüenza.
De más miedo.
Pero aquí sigo.
Agarrándome de este hilo que me sostiene:
la absoluta convicción de que mi libro, y el proyecto de vida que viene con él, es para lo que estoy hecha hoy.
Aquí sigo, sacando a bailar mis miedos.
Y prometiéndome no silenciar ese grito melódico cuando se escapa del pecho.
Porque esta vergüenza, este miedo y este silencio… necesitan ser gritados.
Y hoy lo digo otra vez:
Tengo depresión.
Lo digo con un poco menos de vergüenza,
porque me es más fuerte el miedo de seguirlo callando.
Este, no es un testimonio de derrota.
Tampoco es una historia con moraleja.
Es apenas un intento —uno más—
de recuperar mi voz.
De no dejar que el silencio decida por mí.
De ser honesta con lo que me duele, para poder abrazar con más fuerza lo que me sostiene.
A veces, basta eso:
una confesión susurrada,
una amiga que escucha,
una línea escrita en medio del ruido.
Un grito disfrazado de melodía.
Como ese que se me escapa en la ducha,
cuando por fin, por un instante,
ya no me callo.

