Primero ella, después yo.

Estoy de vuelta, aunque en verdad nunca me fui. He estado aquí, en silencio, escribiendo, creando guiones, grabando, editando. He acumulado trabajo que me ha permitido ser más fluida y encontrarme un poco más con mi tono.

Aun así, no me permití subir nada, en honor a la lucha interna que he estado batallando. Y es que lo que grabo parece tan lindo, tan iluminado; pero mi realidad se siente oscura, sin esperanza. Así que decidí no convertirme en alguien que proyecta luz cuando por dentro se siente tan oscura.

Jamás he querido convertir mi depresión en excusa, pero muchas veces ella va mas allá de mi misma, y no encuentro manera distinta de enfrentarla que sumergiéndome entera en ella.

Esto puede sonar como si mi depresión fuera una enemiga feroz que me arranca la vida, pero no es así. La verdad es que nadie me ha enseñado más sobre mí misma que mi depresión. Ella ha sido la gran maestra que me ha guiado hacia el proceso de autodescubrimiento en el que me encuentro hoy. Y como gran maestra, me ha dado una gran lección sobre darle su propio espacio y dejarla ser. Para que, después, ella me permita ser yo. Somos equipo. A veces jugamos juntas, otras veces por separado. Estos meses ha jugado sola, y yo se lo he permitido.

En medio de un sueño

El año pasado estuve recorriendo Tailandia durante tres meses. Sin duda, me encontraba en medio de un sueño, un escenario donde la tristeza no tenia cabida. Pero no fue así. Con las semanas, la apatía mas profunda empezó a invadirme. Yo, que solía disfrutar hasta llorar los amaneceres más rojos frente al mar, comencé a verlos como algo cotidiano. Yo, que no salía del agua hasta haber nadado una o dos horas, empecé a tenderme en la arena sin ganas de entrar al mar. Yo, que amaba un buen curry tailandés, empecé a comer kebabs para evitar la gastritis más que por hambre.

La tristeza estaba llegando. Sabia que ella, mi depresión, estaba cerca y venia con fuerza. Fue una confrontación dolorosa porque pensaba: —Estás en medio de un sueño, es Tailandia—. Pero a ella eso no le importaba. Quise luchar para evitarla, pero algo dentro de mí susurraba:

—No luches, necesitas esa energía para lo que viene. 

Yo hice caso.

Aun asi era extraño. Mi depresión, esa que solía llegar de repente y tumbarme de un golpe, esta vez me daba tregua. Entonces entendí que esa advertencia tenia propósito; debía prepararme para lo que venia. Ahí empecé a buscar vuelos de regreso a casa para que la avalancha no me cogiera sola. Aun así, lloraba de impotencia por no estarme sacando esto de dentro como creía que me pasaría al viajar.

Mi yo rendida

Luego de unas meditaciones extensas que pase en un templo budista donde me quede en Chiang Mai. Decidí entregarme a mi desdicha e inicie un proceso al que llamé: “mi yo rendida”. Mi yo rendida es esa parte de mí que dejó a un lado metas y planes para priorizar su dolor. Esa que pisoteó su ego y admitió: “No puedo con esto ahora”. Mi yo rendida es quien se cansó de luchar contra el vacío, el dolor y el abandono, y decidió sentirlos como nunca antes. Mi yo rendida aceptó que estoy tan rota que necesitaré mucho más que unos meses viajando para repararme. También aceptó que, aunque a veces parezca que sano, volveré a romperme porque el camino no es lineal.

Mi yo rendida me ha dado más frutos de los que imaginé. Dejar de luchar y fluir con el dolor y la tristeza trae más paz que resistirse a ellos. Y lo mejor de todo es que estoy recorriendo un vasto camino sobre la autorreparación.

Y pues, sabiendo que estaba por enfrentar esta lucha, decidí pausar mi viaje por Asia y regresar a casa, a Colombia. No quería y no podía enfrentarme sola la avalancha que venía.

El dolor

´´¿Por qué tanto dolor?´´ Me preguntó alguien un día. No pude responderle; aún no estoy preparada para hablar de ello.

Mi libro. Quizá si un día lo lees, entiendas. —Le dije.  

Y es que escribirlo me ha resultado más fácil que hablarlo. Las palabras fluyen tras el teclado, pero expresar lo que llevo dentro frente a alguien más me aterra.

Este, ha sido mi método de defensa desde siempre: el silencio. Aunque, en realidad, lo adquirí de alguien más y lo tomé como propio. Pero el silencio nunca fue mi verdadero método. Por eso, mantenerme en silencio por tantos años me ha consumido el alma de esta manera. Porque mi método es más expresivo, más liberador.

El dolor en palabras.

Hoy entiendo por qué la vida me trajo a escribir. Porque ya no podía contener tanto dolor dentro. Necesitaba canalizar aquello que el silencio retenía, dar forma a lo que me desgarraba por dentro. Y es que a pesar de haber creado refugios como trotar, comer sano, contemplar la playa, ir a terapia, los amaneceres, meditar, caminar en la montaña, los amigos, la pareja, las mascotas; nada era suficiente. Sentía que seguía atrapada, desesperada por no encontrar una forma de curarme alma.

Hasta que escribí. Entonces entendí que lo que realmente necesitaba era ponerle palabras a lo que me pasaba. No podía seguir disfrazando con momentos o personas lo que me consumía por dentro. Necesitaba expresar, soltar, encontrarme nuevamente con mi verdadero método: escribir.  

Reencontrarme con mi esencia a través de este teclado y abandonar viejos hábitos me ha costado mucho. Redefinirme como alguien que habla y expresa el dolor, cuando siempre lo he mantenido bajo llave, sigue siendo la tarea más desafiante a la que me he enfrentado. Por eso voy y vengo; de pronto parece que grito y después no se escucha nada. Porque aun no he conseguido balancearme entre mi antigua yo y esta nueva en la que estoy trabajando.

Mas sin embargo aquí continuo. Poco a poco me estoy separando del silencio destructor y acercándome a esta versión liberada de mí misma. Gracias a esta conexión, hoy me lees aquí, y seguirás leyéndome más adelante porque aquí seguiré escribiendo. Porque las letras me liberan y me conectan, a pesar de que aún, el silencio continua apareciendo para castigarme. 

Te veo pronto. Y, de corazón, gracias por ser parte de esto.

Con amor,  

Julieth.

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